29 dic. 2011

Un apunte a modo de vaciado-findeaño




No hace mucho que leí:
“(…)
Hechas estas aclaraciones, sólo nos queda añadir que para las generaciones nacidas a partir de 1970, el medio dominante de formación intelectual es la pantalla de TV, junto a la de cine, y la fotografía. Habituados desde niños a la yuxtaposición o montaje de imágenes, no observan ninguna incongruencia en los actuales simulacros, y así pueden pasar de unos a otros, incluso aunque sean colindantes, sin mostrar la menor perplejidad: para ellos es como hacer zapping. Debe tenerse en cuenta, actualmente, que un americano medio ha visto 350.000 anuncios por TV antes de cumplir los veinte años. Un español, sin duda, muchos más. Para estas generaciones, como demuestran infinidad de estudios psicológicos, la dificultad comienza cuando en lugar de escanear imágenes se ven obligados a leer oraciones y a entender enunciados racionales. La continuidad lógico-gramatical y la propia del razonamiento les parece un ejercicio sumamente penoso.

Por otra parte, cuando se acepta vivir en el simulacro no hay ninguna obligación de reaccionar moral o estéticamente en contra de lo inadecuado o de lo injusto. Siendo una ficción, ¿qué razón habría para enfrentarse a ella? Quienes viven positivamente en el simulacro han venido a este mundo a divertirse, y toda la política educativa de los últimos decenios ha insistido en el derecho a la diversión, al entretenimiento y lo lúdico, y, al tiempo, en el rechazo del esfuerzo, la disciplina, la tenacidad y el sacrificio, unos valores típicos de la etapa anterior, es decir, de la era de las vanguardias.

Concluyo con la peor de las conclusiones: el proceso actual de simulacro no se puede sin duda detener por cuanto es democrático (en su acepción actual: mayoritario) y satisface con toda exactitud las fantasías y deseos de los ciudadanos del capitalismo posindustrial. En efecto, no ha sido diseñado por un grupo de explotadores sin escrúpulos, como querría la hipótesis paranoica, sino por grupos de expertos que trabajan activamente sobre dos escalas: la investigación del deseo y la fantasía actuales, y la producción de deseos y fantasías venideros en unos ciudadanos convencidos de su capacidad de decisión. (…)”

Lo escribe Félix de Azúa en la revista Sileno 14-15 dedicada a la No-ciudad.

En primer lugar tendríamos que establecer un nuevo marco temporal que se rige por unas nuevas normas y que sufre otras condolencias consecuencia de las primeras aquí expuestas, pero que derivan en algo un pelín más terrible –si cabe. Dicho esto, pasamos a intentar a-dicotomizar el discurso. Y entiéndase que es algo dicotómico –dentro de lo bueno. Es decir, requiere de algunos matices, que trataremos de esbozar someramente. Sobre todo por hablar de generaciones. Decir que las generaciones post70 no saben leer enunciados racionales es, como poco, atrevido. Es atrevido pero no desacertado, pero tampoco cierto del todo. Lo cierto es que hay una cantidad de jóvenes y jóvenas que se echan a temblar frente a un texto, otra cantidad que directamente no ha superado la etapa de la SuperPop (basta con echar un vistazo a las redes sociales) y otros tantos que dicen leer el periódico cuando el ejercicio que realizan se limita a sintetizar titulares. Luego vienen los que leen y asienten como mulas de carga, o que no asienten pero les sale un sentido crítico que es más visceral que crítico; y aquello es incluso peor que asentir sin más. Y quizá, finalmente, haya un porcentaje que lea, piense, razone, ponga en crisis y vuelva a pensar, y puede –que no siempre– que luego opine… La incapacidad de comprender estos enunciados lógicos preocupa. Y por lógico debemos entender que superamos los silogismos proposicionales aristotélicos. En cualquier caso, tratar de esbozar siquiera este panorama nos llevaría lo que este ensayo no admite: demasiado.

El proceso de simulacro es absolutamente democrático, por cuanto satisface a todos. Hasta aquí bien. Ofrece un abanico de posibilidades virtuales bajo las cuales se esconden hilos que nadie (y entiéndase que nadie no tiene más remedio que ser alguien[es]) maneja, las cuales pierden la entidad del sujeto eidético en aras de un cuasi-sujeto que cree ser absolutamente libre. Un cuasi-sujeto que cree ser dueño de sus decisiones y de sus movimientos, que afronta con actitud positiva los problemas y trabas que le ofrece esta sociedad sobre-irreflexiva. Que no es ni más ni menos reflexiva que cualquier otra, solo que sobre lo que se reflexiona ya tiene una capa de falsedad imprimida. A saber: alguna vez existió lo real, y tal vez se diferenciaba de su representación. En otro tiempo, la representación se convirtió en el sujeto de proyección de toda realidad existente. Ahora, existe una representación de lo representado, lo que viene siendo una doble falsedad sobre la que caminamos como si los cimientos fueran firmes. Y si, como dice Félix, lo doblemente representado es palpable y satisface nuestros deseos/fantasías, ¿en qué momento se nos ocurriría cuestionar aquello? ¡Ni pensarlo!

Y, sobre lo representado y lo que representa habría que reconocer la aptitud de producir cosas, y poner en mérito la capacidad de las nuevas generaciones para trabajar y manipular con este tipo de herramientas que –correctamente utilizadas– pueden convertirse en armas que combatan el cambio de un plano supuestamente inferior y de menor importancia (lo cual podríamos debatir). Sin olvidar que la mayoría de lo que se produce en este terreno es desechable, de poca o ninguna calidad, simplemente consecuencia de la irreflexividad. Los procesos de zapping y de collage, sin tener demasiado que ver –a priori– están profundamente relacionados. El zapping se ha convertido en la forma de vida pura y dura de la sociedad contemporánea. La manera de consumir cualquier tipo de producto es puro zapping. Y lo más grave viene cuando ese producto es cultura o arte. La manera de escuchar música, por ejemplo, es zapping sin más. Ha sido comentado, por parte de muchos, que el problema principal con el que nos encontramos hoy en día es la falta de tiempo. Y me van a permitir que diga que la cuestión no es el tiempo sino la necesidad. Tiempo hay, lo que no hay es necesidad de amar y escuchar la música de verdad. De hecho, la necesidad de ahora es absolutamente lo contrario: pasar rápidamente a otra cosa. Y así con la pintura, la literatura, la escultura, la arquitectura y todas las turas de este mundo, que diría Cortázar. También con el cine. También con las imágenes. Las imágenes constituyen un estrato bastante importante del mundo contemporáneo. Sin embargo, podríamos decir que éstas están empobrecidas, tal vez banalizadas, completamente vacías, que son un terrain vague más de la sociedad contemporánea, a las que no se les dedica tiempo alguno, motivado de nuevo por la falta de necesidad, insisto. Y las imágenes reclaman que se les dedique tiempo, para poder ser comprendidas, aprehendidas.

Nótese que no es un discurso nostálgico, sino preocupado. Y preocupado no quiere decir ni más ni menos que eso: preocupado (preocupar: acepciones tercera, cuarta y quinta del Diccionario de la RAE). Que vivamos en un constante simulacro no es algo que nos deba inquietar, ya que viene pasando durante mucho tiempo y, de momento, parece que puede funcionar, que tiene que ser así, y que seguirá siendo así durante algún tiempo. Lo que preocupa es la pérdida eidética y de conciencia individual, que aflora en planteamientos empobrecidos, baladíes, triviales si se quiere, y que, además, no generan ni despiertan nada en sus autores que los pongan en crisis.

De todas formas, lo importante aquí reside en la manera de crear  y consumir cultura o arte: los textos, los dibujos, las pinturas, las esculturas, las arquitecturas, las películas, las imágenes… exigen tiempo. Tiempo para ser creadas, y esto ha de entenderse: no es el tiempo de la realización como ocurría en etapas anteriores, sino el tiempo de la gestación y maduración de los conceptos que rigen la obra. Porque una buena obra de arte –en tanto que no es buena si no genera un cierto grado de modificación o alteración en el sujeto que la contempla– ha de haber sido creada con tiempo, y, por tanto, solicitará del mismo para llegar a ser comprendida y asimilada por el espectador. Tiempo de pensamiento. Antonio Machado pone en valor el ejercicio del artesano frente a la rápida producción posindustrial. Ese tiempo que dedica el artesano en su ejercicio de ablandar el material con las manos, de moldear el barro, de pulir la piedra o de amasar lentamente lo que luego serán dulces, es el tiempo que reivindico –lógicamente actualizado y dentro de un contexto contemporáneo– y que, desde luego, creo necesario.

Del mismo modo, también creo necesario lo que dice Ignasi Solá-Morales en Territorios, en relación a las teorías de Guy Debord: "Por último, como sostiene Guy Debord, ante la impotencia de colocarse frontalmente contra la sociedad del espectáculo y la universal mercantilización de cualquier actividad o producto, solo cabe la astucia y la deriva. Astucia para moverse con más agilidad, ingenio y rapidez que la máquina universal del mercado. Deriva como forma alternativa de moverse en el cuerpo, minado de los sistemas de poder que, ineludiblemente, van a registrar cualquier propuesta incorporándola al mercado universal de la simulación y el consumo." Esto es, ser capaces de somorgujarnos en ese mundo infoxicado (que no es más que el que tenemos) y, haciendo buen uso de la conciencia (selectiva y discriminatoria), poder elaborar un mapa propio.

Somos felices con bombardeos (zapping) de imágenes en las que vemos nuestras necesidades resueltas, que –a su vez– nos identifican con un modo de vida en el que nos encontramos cómodos (en el que nos hacen encontrarnos cómodos, asignándonos a cada uno una identidad que, por supuesto, no nos es propia: somos lo que los demás quieren que seamos); con bombardeos de canciones que nos alegran un rato, un día, como mucho un mes y con suerte un año (que ya luego vendrá otra mejor); con algún que otro textillo de pacotilla que anuncia lo tremendamente fantásticos que somos y lo preparadas que están nuestras generaciones, porque sabemos manejar programas informáticos, hablar idiomas y navegar por Internet con una soltura antes no vista; con incitaciones a una autocrítica que muchas veces se queda en decidir si el de raso o el de lentejuelas… Una bonita ración de prejuicios, media de una estupenda ausencia de sentido crítico, un toque de falta de tiempo porque tenemos muchísimas cosas más importantes que hacer antes que pararnos un rato ante las cosas; y todo en su salsa: no tener la necesidad (y he aquí por lo que no podemos culpar a nadie, ya que esta no-necesidad es inducida) de poner en crisis las cosas. Y, repito, esto no es nostálgico, sino preocupado. Un simple diagnóstico más.


2 comentarios:

  1. Simplemente magistral. Mi reverencia ante el autor desde la admiración. Continúa alimentado el blog, la espera ha merecido la pena.

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  2. Interesante, para sacar cuchillo y tenedor...

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