10 mar. 2011

a mis dionisos

Nanna Hänninen




Puedo ver cómo sigue allí sentado, en el mismo banco de siempre. Creyéndose que, escuchando esa música, conseguirá sentirse cómodamente entumecido de una vez por todas. Y cómo piensa aquello que piensa, pues lo único que no se paraliza es su inquieta y -tructiva cabeza; llámelo mente, fotocopiadora, arma, cisne o mujer.


Conforme pasan esos días, su hedor se hace más y más adorable, le infieren casi una cierta cualidad humana que he de reconocer como extraña y atractiva. Incluso bajo su máscara puedo vislumbrar ríos capaces de ahogar a todas las palomas que le rodean. O cómo ora parece que nos unamos, ora nos separamos. Así, poco a poco.


Aunque no lo crea, le observo. Usted dialoga con nadie. Recuerde, amigo, las palomas no le oyen, y probablemente sean mucho más astutas que usted. Ellas conversan torpemente con las losas. Esas losas que tantas fantasías le provocan; y siento tener que decirle que no son de colores… Recuerde, amigo, usted es sombra jungiana –o quizá más que eso, pues es diferencial. Acabo de ver que ha querido girar la cabeza levemente, bien en un intento de procurar ver lo que pasa a su lado, bien con fines de comprobar si sigo aquí-ahí –conocedor de su infinita e insaciable curiosidad. Le aseguro -pese a su contraria certeza- que no ha girado apenas cinco grados a la izquierda. Sigue entumecido. Por cierto, sí, sigo aquí-ahí.



El espejo y usted. Usted y yo. Usted.